Ciertos lugares están como saturados de presencia –señalados, señalizados, delimitados, recomendados, descritos previamente– y en consecuencia sin sorpresas. A menudo se materializan con gran despliegue de luces, por una visibilidad absoluta: «No se lo pueden perder»; un verdadero maquillaje seductor.
Petr Král, en su Investigación sobre los lugares, se interesa por otra categoría de lugares: «sólidamente plantados, listos para el desarrollo de una historia, pero que permanecen inexplicablemente sin uso. Casas que exhiben rigurosas fachadas, plazas y calles que se extienden generosamente –casi ofreciéndose– jardines confortables que tientan con su verdor. Sin embargo es en vano: nunca, nadie, entra verdaderamente, nadie alcanza la intriga escondida que sugieren esos decorados. ¿A falta de qué apertura?».
Los lugares captados por Bernard Plossu y Françoise Nuñez no corresponden a ninguna de esas categorías. No esperan a ningún cliente, no están ni plantados, ni sólidos, ni se ofrecen ni tientan. Sin embargo, preexisten a la mirada, pero sin atraerla. Surgen en una visión fugaz, más abajo de la carretera, sobre un talud, en un ángulo muerto, de la adecuación entre un accidente del terreno y una luz sorpresiva; del polvo levantado por un vehículo; de los faros de un camión perforando el crepúsculo sobre la rampa ascendente de una autopista. Una pista húmeda tras la lluvia, al pie de una meseta rocosa. Sombras que avanzan hacia el objetivo en la noche de Thanjavur, una de esas ciudades entrevistas donde hasta la luz nos parece extranjera, aunque nos transporte a sensaciones de niño deslumbrado.
En el libro publicado por el Centro Pompidou en ocasión de la retrospectiva de Plossu (1988), él mismo resume este acercamiento citando a su autor fetiche, Malcom Lowry: «Goodyear borra un poco de vapor del vidrio, sumerge su mirada en la oscuridad» Así, aquello que la mirada descubre detrás del vidrio empañado es la materia común de las fotos de Bernard Plossu y de Françoise Nuñez: vastos espacios de África desértica o del Oeste americano, un jinete mexicano resguardándose de la lluvia bajo el alero de una casa, palmeras agitadas por el viento, el mar visto desde el vagón de un tren en el sur de Francia o, para Françoise Nuñez, la sombra de los árboles sobre la montaña sagrada de Tiruvann la masade un edificio iluminado por la noche en Delhi, más negra que la noche, la soledad de una valija en un viejo autobús de Rajastan, el monótono tono gris de unos edificios simplemente feos, vistos desde un taxi, a lo largo de la autopista urbana en Chennai. Ningún manierismo, ningún efecto estilístico viene a sobrecargar estas imágenes. «El único estilo, es el de no hacer estilo», escribe Bernard Plossu en Les paysages intermediaires (1988), confirmando como fotógrafo la lección de Roland Barthes sobre la escritura. Esa renuncia al «efecto» lo lleva a destruir todo el trabajo realizado con gran angular en el Oeste americano, y a utilizar únicamente, al igual que Françoise Nuñez, un objetivo de 50 mm.
En ese rechazo del estilo, en esa mirada que atraviesa el vidrio empañado, en esa apertura hacia lo que nadie mira, o sólo ve de pasada, sin prestarle atención, son siluetas las que surgen a menudo y hacen existir esos lugares, dándoles su magnitud, su materia exacta, un profundo espesor humano, despojado de toda afectación.
Bernard Plossu y Françoise Nuñez hacen lo mismo, se dan vuelta hacia lo que tenemos ante los ojos y no vemos, aletargados por el sopor del viaje. «La vida está bastante llena de historias», dice Bernard Plossu «la foto es el encuentro de la prudencia (Corot: «no hay que buscar sino esperar») con el delirio (el accidente que demanda estar constantemente en alerta). Cada fotógrafo tiene el azar que merece.
Bernard Plossu y Françoise Nuñez, casados desde 1986, realizan en Asunción su primera exposición conjunta. Ellos mismos eligieron las fotos para la presentación. Si bien la irreductibilidad de la personalidad y del trabajo del uno/a y del otro permanece intacta, lo que se intentó destacar tanto en el recorrido de la exposición, como en el presente catálogo, es la proximidad de sus procedimientos artísticos. En nombre del equipo de la Embajada de Francia en Paraguay y del grupo El Ojo Salvaje, organizador del segundo Mes de la Fotografía en Paraguay, les agradezco sinceramente haber aceptado concederle a esta bienal la primicia de una exposición conjunta de sus obras.
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Gilles Bienvenu, Embajador de Francia en Paraguay